Hoy en día podemos ver los llamados guardas de rurales, que se ocupan de la custodia de los cotos de caza, su actual movilidad con los todoterrenos, les permiten vigilar diferentes territorios muy distantes entre sí, por supuesto que la ausencia de gente permanente en el campo también facilita esa labor.
Atrás quedaron los tiempos de bandolera, carabina, traje de pana, sombrero y caballo, aunque la motorización llegó a la guardería con la Derbi.
Pero la guarda de Valdepusa se remonta casi desde que se estableció la carta puebla fundacional, allá por 1357 y difería mucho de lo que hoy conocemos como guardas.
Los señores de Valdepusa y Malpica contaban con guardas que hacían cumplir los derechos señoriales sobre sus bienes, tierras y productos, guardándoles de vecinos, forasteros y pueblos limítrofes, como bien sabían los vecinos de Navalmoral de Toledo en 1498, quienes formularon una queja, toda vez que los guardas de Valdepusa requisaban les las reses que cruzaban la raya con Navalmoral de Pusa.
Los guardas de dehesa y los guardas de herbajeros.
Por un documento de 1552 sobre la denuncia de un guarda a un cabrero de San Martín, conocemos las competencias que tenían en aquella época los guardas de dehesa, dependientes del Señorío y los guardas de los herbajeros, es decir de aquellos que tenían arrendados pastos y tierras en Valdepusa.
En su defensa el cabrero presentó ante el alcalde ordinario de San Martín varios testigos para que corroboraran las jurisdicciones de unos y otros guardas, quizás el testimonio más significativo fue el de un antiguo guarda, Juan Vaquero, quien dice que lo referente a los daños a pastos son competencia de los guardas de los herbajeros, y los guardas de la dehesa se encargan del resto, es decir; leñas, caza, pesca, etc., además el tercio de arriba de la dehesa, de Valdemacarro hasta los limites con la tierra de Talavera, los guardas de la dehesa actuaban por indicación de la justicia de San Martín, a la que se deben. Aquí la declaración del testigo:
“El dicho Juan Vaquero dijo que lo que sabe es que este testigo ha sido guarda de las dehesas de Valdepusa más de seis años y que en todo este tiempo nunca prendó ganados ningunos de los vecinos de esta villa ni de su tierra aunque los hallasen en cualquiera parte de las dichas dehesas, y que si alguien los prendaban eran los guardas de los herbajeros y no otros algunos. Y que así mismo sabe que los mismos herbajeros han dicho que no prenden de la hierba las guardas del dicho señor sino las guardas de los dichos herbajeros. Y esto es la verdad so cargo del juramento que hizo. No firmó porque no sabía.Otro sí dijo que en el tercio de arriba prendaban algunas veces las guardas del dicho señor, más que esto era por mandado de la justicia de esta villa y no de otra manera. Y esto es asimismo verdad so cargo del dicho juramento. No firmó porque no sabía.”
El señor feudal implemento un régimen de sanciones por el cual las penas dinerarias por saltarse las ordenanzas de Valdepusa se repartían a partes iguales, un tercio para la justicia de la villa, otro para la cámara del señor y otro para el guarda o persona que hubiera denunciado, con ello se aseguraba que cualquier persona que estuviera en el campo tuviera una función de vigilancia. Las Ordenanzas de Valdepusa de 1547 recogen las penas a aplicar por cada infracción que se cometiera, un ejemplo es el siguiente:
“… ordeno y mando que ninguno sea osado de cazar con ballesta en las dichas mis dehesas y montes, en vedado ni desvedado, ni traer la dicha ballesta fuera de las dichas mis villas si no fuere con mi licencia, so pena que el que la llevare y sacare fuera de los dichos lugares, si fuere mi vasallo que la haya perdido, e incurra en pena de seiscientos maravedís: la tercia parte para mi cámara, y otra tercia parte para las guardas o persona que le tomare, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Y si fuere forastero pierda la ballesta e incurra en pena de dos mil maravedís repartidos como dicho es. Y si fuere persona que no tuviere para pagar la dicha pena que incurra en pena de cien azotes.”
La organización de la guardería a partir de 1772.
Los guardas tuvieron su residencia en San Martín y Malpica hasta el siglo XVIII, posteriormente en 1772 se construyeron casas de guardas en los Quintos, con lo que la composición de la Guardería quedaba de la siguiente forma:
Quinto de Bernuy: Dos casas de guardas.
Quinto de El Castillo: Una casa de guarda.
Quinto de El Relucío: Una casa de guarda que fue destruida en la Guerra de la Independencia.
Quinto de Casa de Vacas: Dos casas de guardas.
Quinto de Encinamocha: Dos casas de guardas (Las fincas hoy se llaman Las Llaveras)
En el primer tercio de siglo XIX había nueve guardas en Valdepusa, el guarda mayor, que residía en San Martín, el guarda que hacía las veces de castillero del castillo de Malpica y los guardas de las dehesas, entre sus funciones estaba guardar los frutos, como la bellota, las leñas, muy preciadas por pueblos cercanos, la caza, la pesca y por turnos llevaban el correo desde San Martín a Cebolla.
Otras de las funciones de los guardas tenían que ver con los arrendatarios de la dehesa o colonos, si un arrendatario no pagaba la renta el guarda de ese quinto tenía que impedir que el ganado y enseres de colono saliera de la finca hasta que no saldara la deuda, también tenía que cuantificar las cosechas de los colonos para la recaudación de la veintena y el dozavo, lo que daba lugar a corruptelas entre los colonos y los guardas, por este trabajo tenían un extra en el sueldo llamado ”veranado”.
Conocemos los nombres de alguno de ellos, como por ejemplo Pedro de la Cámara que fue guarda mayor en 1804, o León del Cerro que fue Castillero sobre 1820 o Tomás Calderón y Eugenio Fernández-Giro que eran guardas de la dehesa en 1808.
Mención especial, por lo excepcional de sus obligaciones, era la guardería de Casa de Vacas, donde uno de los guardas tenía que hacer de sacristán de la ermita, cuya actividad estaba bastante bien remunerada, pues en 1825 el guarda mayor cobraba 4.380 reales anuales, el guarda sacristán 2.920, mientras que un guarda menor cobraba 1.095. Estos sueldos debían ser bastante altos con respecto a lo que se cobraba en la época, pues los guardas tenían que disponer de caballo propio al servicio de la guardería.

Este incremento de sueldo al guarda sacristán se debía a el pago que había establecido Doña Petronila de Alcántara Pimentel y Cernecio, marquesa de Malpica y duquesa de Medinaceli, en la capellanía que había fundado y que decía:
“La funda con el cargo de una misa rezada todos los días festivos y de precepto en el de San Pedro de Alcántara y en de la conmemoración de los difuntos, las cuales han de celebrarse en el sitio llamado Corral de Vacas, enclavado en la dehesa de San Martín de Pusa, perteneciente a mi Estado y Mayorazgo de Malpica. Señala para cada una de las enunciadas misas la cantidad de treinta reales que ha de percibir el capellán y la de dos diarias al guarda de la dehesa que haga las veces de sacristán”
También existieron otros guardas temporeros, que eran aquellos que contrataban los concejos para “guardar panes y viña” y que hacían cumplir principalmente a los ganaderos que los ganados no entraran en las rastrojeras y en las viñas fuera de las fechas establecidas.
Los abusos y las desgracias.
Muchas veces los excesos de los guardas conllevaban conflictos con los vecinos de los pueblos. Según avanzaba el siglo XIX, con la caída del Antiguo Régimen, las guerras carlistas y el empobrecimiento de la población, ante la falta de trabajo y la mucha necesidad, se incrementaron los robos, hurtos y el furtivismo, lo que hacía tener en jaque continuamente a los guardas, sin embargo, éstos a veces ejercían su autoridad en defensa de la propiedad y algunas otras por venganzas personales.
A veces también abusaban de su autoridad, requisando caza, pesca, bellotas etc, dejando de esta forma a más de una familia sin comer, mientras ellos se quedaban con lo requisado, y como decían en aquellos tiempos: «…y da gracias que no dé parte.»

Algunos pagaron con su vida la defensa de la guardería, como ocurrió el 19 de mayo de 1889 al guarda de El Castillo; Balbino Sánchez Valderas de 40 años quien fue asesinado por Amalio García García, vecino de San Bartolomé de las Abiertas, un reincidente cazador furtivo quién le destrozó la cabeza a base culetazos con la escopeta y piedras. Fue detenido a los dos días y llevado a la cárcel de San Martín, donde se ahorcó con su faja el día 24. Hasta hace poco existía en El Castillo un monolito en el lugar del suceso como homenaje al guarda
También en 1919 otro guarda también pagó con su vida el exceso de celo, y en este caso al querer saldar algunas cuentas, pues era un enemigo declarado del padre del muchacho que le asesinó, quien había fallecido unos años antes.
El guarda se llamaba Emilio Gómez Domínguez, tenía treinta y nueve años, casado, natural y vecino de Los Navalmorales y prestaba sus servicios en la finca de Valdefuentes, que estaba arrendada a Don Francisco Muñoz.
Según contaba la prensa de la época el joven de 18 años natural de San Martín de Pusa, Santos de la Iglesia Fernández, comunica la Guardia Civil, fue sorprendido por el guarda en el sitio llamado Renegrido, cuando cogía bellotas, Emilio le exigió que le entregará las bellotas y se entabló una reyerta, durante la cual el joven disparo la escopeta contra el guarda que murió en el acto, el autor del asesinato huyó del lugar del suceso, refugiándose en su mismo domicilio.
Otro guarda llamado Santiago Recuero Gómez, compañero del asesinado, dio cuenta de los hechos y el joven fue detenido.
Hasta aquí un pequeño repaso de la guardería en Valdepusa, una actividad que durante siglos, al menos hasta mediados del siglo XIX funcionó como una auténtica policía rural, más parecida a los agentes medioambientales actuales que a los actuales llamados guardas, pues estos hoy en día prestan un servicio exclusivo en la defensa de los intereses cinegéticos de los cotos.
REFERENCIAS:
Talavera Almendro, A. EL Estado de Valdepusa y Malpica. Ediciones ENDE, abrol 2016.
El Eco Toledano, 1919.
La Correspondencia de España, 28 de mayo de 1889.
Las Ordenanzas de Valdepusa. Mi agradecimiento a Luis Bartolomé y Pilar Díaz por facilitarme esta importante documentación para el estudio de nuestra tierra.